EXPERIENCIAS EN MI
INFANCIA EN EL PUEBLO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Agradezco a todos mis
benefectadores que me alimentaron con el alimento espiritual, a las personas
amables que creyeron en mi y me dieron fuerzas para seguir adelante en la vida. La vida
se va componiendo de acontecimientos grandes y pequeños, en esos encuentros que
nos van marcando, y nos mueven sobre todo en los sentimientos de gratitud hacia
las personas. Sin embargo, no somos capaces en mostrarlos o reconocerlos, sino
que los conservamos en la mente. Mirando hacia atrás, reviso cada uno de esos
detalles, y me doy cuenta que hay un gran numero de personas maravillosas que
endulzaron y amargaron mi vida.
Aprendi de ellos el amor, la traición, las costumbres, sus
actitudes, acciones, el quedarme en silencio y no preguntar nada. Aprendi que
solo el hecho de estar cerca de una persona justa es una gran bendición, y al
recordar a estas personas doy gracias a la vida por estar cerca.
En secundaria mi contacto con el pueblo siguió siendo
frecuente, hasta que llegue a primero de preparatoria cuando mi madre se vino a
vivir a la ciudad, y quede sin un lugar en el pueblo en donde llegar. Pero
mantuve ese contacto menos, aunque menos frecuente debido a que mi Tia Emilia
Benítez esposa de mi tío Fernando Larrañaga me invito a que llegara a su casa.
Con el pasó de los años, los amigos y familiares se fueron marchando al grado
de preguntarme ¿Todavía hay alguien ahí, a quien visitar? Mi madre dejo de
visitar el pueblo, o lo hacía dos veces por año. Era problemático ahora el
hacerlo ya que la Tia Emilia se cambió para vivir en la ciudad de Culiacán, y
cuando deseaba viajar, no sabía si estaba en su casa del pueblo lo que no me
permitía tener un lugar en donde llegar.
Mis amigos muchos de
ellos emigraron a las diferentes ciudades, y mi regreso a pueblo no siempre
coincidía con ellos por lo que no podíamos charlar un poco sobre nuestras
vidas. Fueron las fiestas de semana las que nos daban cada verano la
oportunidad de reunirnos en pandilla de adolescentes. Era un par de días
(jueves, viernes y sábado) Poco a poco muchos de ellos también fueron
abandonando estas fiestas por lo que fue mucho más difícil encontrarnos. No
tuvimos la fortuna en que se inventara el watt, ni el face como hoy se disfruta
de modo que muchos de mis amigos no les llegó la tecnología a tiempo, y para
algunos no es fácil manejarla.
Además de que la red de internet en el pueblo es muy mala su
señal con cortes e interferencias frecuentes. Hace poco tiempo regresé al
pueblo para presentar uno de mis libros, y pude darme cuenta que ha cambiado
mucho en los últimos años, el pueblo está evolucionando, está mejorando, y
desarrollándose bastante. Hace unos años se construyó un puente para cruzar el
rio, se adoquinaron las calles dándole un toque colonial que lo hace verse muy
hermoso. Viste la casa de la cultura, que en mi infancia era la escuela
primaria Josefa Ortiz, y en donde curse mi tercer grado de primaria con la
profesora Rosaura Maldonado. La plazuela principal y la de la nanchi se
muestran totalmente renovadas con hermosos árboles y flores, lo mismo sucedió
con el parque Juárez.
En las calles la gente muestra alegría, son rostros
agradables que me recordaron cuando era solo un niño, y todas las personas se
saludaban dándose los buenos días. Aquí en mi infancia la dinámica matutina
giraba en torno al mercado, el cual el día de hoy es un museo. Las personas
llegaban en la madrugada envueltas en una cobija cubriéndose del frio para
disfrutar una taza de atole de pinole con un pedazo de calabaza enmelada. En
vacaciones de verano se llenaba de todos los jóvenes estudiantes del pueblo que
estaban estudiando en la ciudad. La plazuela principal se llenaba en sus bancas
por la tarde noche sin que quedara un solo lugar en donde sentarse, y platicar
tranquilamente. En mi infancia se celebran festividades religiosas como el día
de San Ignacio de Loyola paseando al santo y quemando cuetes, las misas de
gallos, el día de san Juan, la semana santa, etc.
Los jóvenes disfrutábamos las tardes noches en grupos
cantando con una guitarra en un rincón de cualquier parte del pueblo. En una
palabra, un movimiento realmente genial. Hoy en día esto es prácticamente
inexistente, porque muchos de los que organizaban los eventos se han ido. Pero
por lo demás es una pequeña población muy agradable. Está claro que mi conexión
con el hogar infantil, no es sólo un concepto metafísico, o de añoranza por los
años idos, sino que se refiere a ese todo, en comunicación y socialización con
tantos seres queridos que el tiempo se encargó en poner distancia entre
nosotros, y creó que ese es el sentido verdadero en extrañarlo. Al menos nos
veíamos en semana santa, asistíamos a reuniones, nos comunicábamos frente a
frente, nos mirábamos, recordábamos historias de la escuela.
Y, esto era realmente genial. No llegaba señal alguna de
radio al pueblo, y en aquella época mi padre compro un radio blanco grande de
bulbos de banda ancha, pero para que escuchara tuve que hacer una serie de
maniobras subiéndome al techo de la casa de dos pisos. Fue muy difícil debido a
que el techo era de tejas y estaban viejas así que debía ser muy hábil para no
quebrarlas todas. Al final pude escuchar la radio de Cuba con los discursos de
Fidel Castro, pero varias veces tuve que subirme al techo a moverla para que
captara la señal. A la fecha me sigo preguntando ¿Por qué es importante
recordar tus raíces y regresar a tu tierra natal?
¿Cómo ayuda esto en la vida? - Me parece que cualquier
persona volverá a los lugares de su infancia. Recordará los lugares en donde
jugo, corrió, y que mientras vivas, tus raíces siempre estarán contigo. Es
simplemente necesario mantener el equilibrio mental sumergiéndote de nuevo en
ese ambiente, ese entorno en el que creciste, sin el cual no hubieras madurado
como persona. El pueblo y la gente de mi infancia eran de palabra, no había
hipocresía, todas las personas eran iguales, sencillas y sinceras. De hecho,
para mí fue lo mejor que pudo sucederme en el mejor sentido de la palabra. Hoy,
no parece un pueblo, pero tampoco llega a ser ciudad, es en sí un pueblo con su
encanto especial, una calle principal que lleva el nombre de Gabriel Leyva
Solano, paralelamente la acompañan la calle libertad, y la calle Juárez, y hoy
cuenta con varios barrios.
Es especialmente agradable allí en verano por su rio de aguas
frescas, su aire fresco. La atmósfera que se vive es como la de los viejos
cuentos de hadas sobre un pueblo colonial. Despues de mudarme a la ciudad
extrañe por años ese ambiente, ese encanto modesto. En la adolescencia la
ciudad me cautivo por su múltiples alborotos y fiestas, me encantaba ir a
fiestas llenas de chicas de mi edad, pero me canse de todo de todos esos
alborotos. Experimenté una especie de agotamiento, quería volver con mis padres,
ver caras conocidas, y volví con tanto placer varias veces en mi vida “Vivo aun
este tipo de nostalgia”.
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