VACIO ANTE LA MUERTE
DE UN HERMANO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
En la vida, debes ir a donde quieres, no a donde
supuestamente tienes que ir. Con tus acciones, n unca sabes cuál de tus
debilidades resultará ser tu mayor fortaleza. Hola, hoy quiero escribir la
historia sobre la muerte de un hermano. Con ello espero si te sientes mal te
ayude un poco a sentirte mejor, o menos peor de lo que puedas sentirte en este
momento. No fue fácil, pero espero que mi experiencia pueda ayudar a alguien
que se sienta igual que yo lo estuve alguna vez. Nací en el pueblo de San
Ignacio, Sinaloa. Era un niño normal, no tenía problemas de nada, me gustaba
andar en el campo arriando vacas o a lomo de un caballo, por lo que a menudo
faltaba a clases y estudiaba de forma resumida.
Mis maestros decían que era un niño muy inquieto, pero sin un
ápice de tonto, y sin malicia. Con frecuencia mis faltas hacian que mi madre
acudiera a la escuela al llamado del maestro de grupo para que explicara mis
ausencias. Estaba enfadado con la escuela, sobre todo en época de exámenes.
Cuando acudía a clases mis maestros se dedicaban todo el tiempo hacerme
preguntas sobre los temas que habían visto la clase anterior, y eso lo
consideraba como algo anormal en comparación con los otros niños. Ante tanta
pregunta salía de la escuela dándome cuenta de que casi no tenía conocimientos
para aprobar. Mis errores se convirtieron en motivo de risa por parte de mis
compañeros.
Tuve unos dos o tres a los que les encantaba dañarme mis
cosas, me rayaban o robaban mis cuadernos. No tenía miedo de ir a la escuela
porque sabía que ni un solo día pasaría en paz, y tendría que defenderme a la
hora de salida sin apoyo alguno, y ante ello el ir o no ir a la escuela me
resultaba intranscendente.
Dentro de ella tenía amigos, pero para defenderme lo hacía yo
solo, ya que no me gustaba se metieran en mis asuntos con los malosos que me
rayaban los libros o cuadernos. Cuando llegue a la secundaria Guillermo Prieto
de Mazatlán en principio vivía en una casa de huéspedes en la calle General
Damy, despues se casó mi hermana Isabel y me recogió para vivir con ella en la
colonia Montuosa, enseguida en la calle Obregón, luego pasamos a vivir en un
edificio de departamentos en la calle Morelos para seguir a la calle Simón
Bolívar ((Parecíamos Gitanos).
En ese momento se vino a vivir a Mazatlán mi madre, y
comenzamos a vivir en la calle Iturbide. Ya estaba en primero de preparatoria.
Mi hermano más pequeño José Martín cursaba el quinto grado de primaria, y en la
esquina de la calle Iturbide y Cañonero de Tampico una tarde noche un auto lo
atropello, mientras jugaba con sus amigos. El auto se subió a la banqueta y mi
hermano murió al instante. Comencé a faltar a clases, mis calificaciones
bajaron por completo, mi idea de estudiar, y prepararme también se volvió inútil,
mi sufrimiento me causaba un gran vacío en el alma. A la hora de asistir a la
preparatoria me salía de casa para irme a vagar por las calles, sentarme en un
parque, y en silencio soltar las lágrimas que me ahogaban.
Un día, mi madre también se enteró de mis paseos y mis
calificaciones, y la única persona que me ayudaba a seguir en este mundo era el
recuerdo de mi hermano que lo traía clavado en la mente en cada uno de los
momentos que vivimos y disfrutamos juntos la alegría de esta vida. Después de
un tiempo, me obligaron a volver a la escuela. Traté de encontrar consuelo
corriendo todas las mañanas cinco kilómetros, y por las tardes la danza eran
las únicas actividades que me traían distracción y un poco de alegría. Pero ni
siquiera estas actividades me ayudaban lo suficiente para hacerle frente al
sentimiento constante de soledad y vacío que sentía en el alma.
Recuerdo que caminaba a casa y de repente empecé a pensar que
la vida no tenía sentido y que quizá la mejor salida era irme para siempre,
meterme al mar para ahogarme. Creo que entonces pensé que mis pensamientos eran
una señal y que debía actuar. Recuerdo incluso que en mi mente un día elegí una
fecha y la forma de despedirme de este mundo. Ahora despues de tantos años,
sigo recordando casi todo lo que sucedió esa tarde noche, y al parecer mi
psique se ha negado durante muchos años a borrar el recuerdo traumático.
Recuerdo bien los llantos desgarradores de mi madre en la
funeraria, los meses de silencio que me acompañaron posteriormente. Las noches
en vela sin pegar ojo por lo sucedido, y ese silencio que enloquece a la luz de
una lámpara que enviaba sus rayos sobre los libros que debía estudiar para
continuar adelante con mi vida. No toda mi vida a salido como lo esperaba. Al
principio no podía hacerme a la idea que había sucedido, y no tenía retorno,
pero que debía seguir mi vida que no quería hacerlo, o al menos no tan pronto.
“No deseaba que mi pequeño hermano se fuera tan pronto” Todavía me duele pensar
en mi madre ese día, creo que ella se sintió incluso peor que yo.
No contaba con nadie que me pudiera ayudar a comprender mis
sentimientos, pero, además, no estaba dispuesto a abrirme y a compartir lo que
me atormentaba. No fue fácil, no deseaba a nadie cerca de mí, quería sentirme
solo. Por cierto, aprobé los exámenes, de alguna manera, luego pase a segundo
de preparatoria hasta que la termine y recibí un certificado. Comencé a meterme
de lleno al béisbol, la danza, el teatro, correr largas distancias a diario, y
todo esto se convirtió en mi forma de expresar mis emociones y experiencias.
Fue en cada uno de estos grupos donde conocí a personas alegres, que amaban la
vida y me sirvieron de soporte.
Fue ahí en donde conocí jóvenes de mi edad con los que
compartí muchas experiencias nuevas, y nos apoyamos mutuamente. Ahora entiendo
que la vida está llena de posibilidades, aunque a veces parezca lo contrario.
Para mí cada día es una oportunidad de empezar de nuevo y hacer algo
significativo. He aprendido a valorar las pequeñas cosas. La luz del sol, la
risa de los amigos, la oportunidad de crear.
Ya no culpo a nadie de lo que sucedió, sé que fue un momento
amargo en mi vida, pero me di cuenta de que mi error fue el no buscar ayuda,
hablar de mis sentimientos. Quiero compartir mi historia con otros para
mostrarles que incluso en los momentos más oscuros, hay esperanza. La vida es
un regalo que vale la pena apreciar. Espero haberte ayudado con mi historia, no
te rindas y por favor sigue viviendo.
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