RECORDANDO “HECHOS
DE MI VIDA”
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autonóma de México.
Podría decir que me sorprendieron las proporciones que
descubrí en los movimientos del mundo. En muchos de ellos se hace evidente los
asesinatos, el crimen, corrupción y no se ve por ningún lado el ideal de la
felicidad humana. Podría decir que nos encontramos como si viviéramos en una
gran cárcel tanto en lo físico como mental con una histeria colectiva. Se
quedaron guardados los amantes de la libertad y prevalece la malicia a la que
le llaman la alegría de vivir el momento.
En mi juventud yo
estaba formado en las costumbres, protegido pero vulnerable. Fue en aquellos
años cuando me di cuenta claramente que todos los luchadores por la libertad la
igualdad estaba dispuestos a enfrentar el poder del estado. Con los años me di
cuenta que todos aquellos esfuerzos eran inútiles, que los argumentos no
valían, y que la sociedad se encontraba impotente. Por lo que me limite por ser un simple espectador más y con
ello engañarme con la frase de vivir y dejar y dejar vivir, no obstante sentirme
molesto.
Aparentemente, no nací para seguir obedientemente las órdenes
de líderes y teóricos fanáticos. Mi personalidad inconsciente me exige libertad
en mis inclinaciones y acciones. Por eso, aquí sigo despues de tantos años en
mi propia lucha. Descubrí mi esencia natural y comprendí que me es difícil
abandonarla, así que continúe con mis travesuras ideológicas, desafiantes que
resonaban en mi mente desde mi tierna juventud.
Soy un hijo de mi pueblo, cuento con dos apellidos que me
respaldan, fui bautizado y confirmado en la religión de mis padres a quienes
despues de muertos los sigo queriendo y respetando profundamente por su genuina
nobleza y activa conectividad con la gente. No me considero un santo, pero
tampoco un diablo, solo sé que tengo esa fuerza que se llamamos dignidad, esa
que no necesita un látigo para arriarla, esa que aprieta los dientes ante la
injusticia y desea caminar al lado de la víctima. Para tranquilizar este
espíritu necesite mucha paciencia. Nunca lamí el mecate que aprieta el cuello,
sino que corté la correa para poder vivir pensando libremente.
El campesino se siente dueño de la tierra en donde nace, sus
padres no tienen mayor preocupación que alimentarlo y acercarlo a la escuela
con la intención en que no fracase, pero esos padres se ven abrumados por sus
preocupaciones que no tienen tiempo para nada. – No soy la oveja perdida, sino
la que busco su camino, de ahí que hablar me haga libre, por estar convencido
de mi propia libertad. Mi padre me llamaba hijo o preguntaba ¿Dónde estás hijo?
“Estoy aquí padre” Si estaba cerca acudía a él a su primer llamado. El vivió
sus mejores años trabajando para alimentarnos, y fue un incomprendido.
A él le toco un pueblo que no estaba preparado para que sus
hijos volaran. En el pueblo donde nací conocí todas las fachadas de sus casas,
sus rincones y recovecos. Sus distancias y callejones sin salida. Aprendí sus
secretos. El oscuro e inarticulado secreto de su descuidado encanto. La
ligadura abigarrada de sus patios. Los jardines delanteros de las casas, el
cambio de colores conforme a las estaciones del año, las cigarras en medio de
la oscuridad de la noche. Me tocó vivir los días nublados, los ventarrones de
polvo por las calles, sus hermosos atardeceres, las reuniones con los amigos
“Nada me defraudo”
Mi único negocio, era demostrarle a mi padre que mis estudios
iban bien, que valía la pena mi esfuerzo, y que era capaz de abrirme camino.
Pero no fue posible demostrarlo puesto que al terminar mi carrera él murió.
Así, que todo aquello quedo sin respuesta, significo que no tuve tiempo en
contárselo. Poco a poco me tranquilicé, me convencí, que tenía toda una vida
por delante, que la vida me pondría a prueba, me haría demostrar y probar mis
fuerzas.
Caminé de nuevo alegre entre la multitud, en las
profundidades de mis reflexiones. Sentí orgullo por mí mismo, y estaba listo
para no caer. En mi vida aparecieron las hermosas chicas, pero todas las veía
inalcanzables. En esos primeros pasos aprendí que las relaciones son como un
cristal, con la primera grita se destruye por completo, y para que no me
sucediera necesitaba generosidad, amabilidad, condescendencia.
Buscar a una chica digna con la que lograra encariñarme. Pero
crecí con un gran mal llamado celoso, el cual se arremolinaba dentro de mí. No
estaba dispuesto a compartir con nadie y creía que cualquier mujer esperaba un
momento para engañar. Los celos nos vuelven locos, nos aturden, nublan la razón
y culpamos sin pruebas. Sufrí la pérdida de un hermano pequeño atropellado por un
auto, y en ese momento, todavía no entendía cómo uno podía oscurecerse tanto la
mente, incluso por culpa de un borracho. Un tipo que fue rehén de su propia
pasión por la embriaguez, y cuyo final sería el delirium tremens.
En esos años juveniles mi estado de ánimo cambio, aunque por
regla general no ocultaba mis gustos y aversiones, ocultarlos me parecía
humillante. Naturalmente, los años y los golpes de la vida o sea las
circunstancias, las responsabilidades, acabaron por frenarme, pero fueron
necesarios muchos años. Intenté con todas mis fuerzas observarme a mí mismo,
para captar y desechar mis falsedades. En la universidad conocí muchos jóvenes
que se esforzaban en sus estudios para ocupar el puesto de su papa, como
también otros que al igual que yo queríamos derribar el mundo para
reconstruirlo, pero el tiempo y la maduras me enseño que estaba equivocado,
seguiría bajo el mando de autoridades extraviadas.
Fue así, como mi lucha dejo de ser sagrada, y me convertiría
en condescendiente aplaudidor de aquellos a los que no toleraba. Hasta el día
de hoy, mi tiempo lo dedico a hojear libros con su efecto narcótico, y
poderosas ideas para tratar de comprender el cómo se destruyen y trasforman las
ideas de la juventud. Una juventud con sed de éxito que se le va instalando
desde su primer grado en la escuela primaria, y que al final termina con la
cabeza llena de escepticismo. ¿Puede
haber justicia, se puede moderar la envidia? ¿Nos enferman la conciencia
llenándola de culpas, esas son nuestras virtudes? ¿No está en nuestras
capacidades gobernar el futuro? ¿No sabemos cómo vivir dignamente nuestro corto
tiempo en esta tierra?
¿Sin estropear, sin
arruinar el lugar designado para la vida? Generación tras generación,
alimentamos nuestra inocencia, nuestros engaños, nuestro sacrificio, nuestro
arrogante deseo de pensar por aquellos que vienen después de nosotros. Hoy
tengo la cabeza clara, y sé que no hay necesidad de resolver los problemas en
absoluto, simplemente hay que vivir con los problemas. En aquellos años corría el riesgo en que el
poder me tomara del cuello hasta quebrármelo, pero nunca dudé, me dije ¡No me
rendiré! Hoy al escuchar a los jóvenes y a los analistas políticos me queda la
misma duda de los jóvenes ¿A dónde ir, a la derecha o a la izquierda, sin ser
un objeto de manipulación? ¿Aún queda algún rincón en este mundo para seguir mi
lucha?, o esta guerra ¿ya no es mía?
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