domingo, 9 de marzo de 2025

 

RECORDANDO “HECHOS DE MI VIDA”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autonóma de México.

 Podría decir que me sorprendieron las proporciones que descubrí en los movimientos del mundo. En muchos de ellos se hace evidente los asesinatos, el crimen, corrupción y no se ve por ningún lado el ideal de la felicidad humana. Podría decir que nos encontramos como si viviéramos en una gran cárcel tanto en lo físico como mental con una histeria colectiva. Se quedaron guardados los amantes de la libertad y prevalece la malicia a la que le llaman la alegría de vivir el momento.

 En mi juventud yo estaba formado en las costumbres, protegido pero vulnerable. Fue en aquellos años cuando me di cuenta claramente que todos los luchadores por la libertad la igualdad estaba dispuestos a enfrentar el poder del estado. Con los años me di cuenta que todos aquellos esfuerzos eran inútiles, que los argumentos no valían, y que la sociedad se encontraba impotente. Por lo que me limite por ser un simple espectador más y con ello engañarme con la frase de vivir y dejar y dejar vivir, no obstante sentirme molesto. 

 Aparentemente, no nací para seguir obedientemente las órdenes de líderes y teóricos fanáticos. Mi personalidad inconsciente me exige libertad en mis inclinaciones y acciones. Por eso, aquí sigo despues de tantos años en mi propia lucha. Descubrí mi esencia natural y comprendí que me es difícil abandonarla, así que continúe con mis travesuras ideológicas, desafiantes que resonaban en mi mente desde mi tierna juventud.

 Soy un hijo de mi pueblo, cuento con dos apellidos que me respaldan, fui bautizado y confirmado en la religión de mis padres a quienes despues de muertos los sigo queriendo y respetando profundamente por su genuina nobleza y activa conectividad con la gente. No me considero un santo, pero tampoco un diablo, solo sé que tengo esa fuerza que se llamamos dignidad, esa que no necesita un látigo para arriarla, esa que aprieta los dientes ante la injusticia y desea caminar al lado de la víctima. Para tranquilizar este espíritu necesite mucha paciencia. Nunca lamí el mecate que aprieta el cuello, sino que corté la correa para poder vivir pensando libremente.

 El campesino se siente dueño de la tierra en donde nace, sus padres no tienen mayor preocupación que alimentarlo y acercarlo a la escuela con la intención en que no fracase, pero esos padres se ven abrumados por sus preocupaciones que no tienen tiempo para nada. – No soy la oveja perdida, sino la que busco su camino, de ahí que hablar me haga libre, por estar convencido de mi propia libertad. Mi padre me llamaba hijo o preguntaba ¿Dónde estás hijo? “Estoy aquí padre” Si estaba cerca acudía a él a su primer llamado. El vivió sus mejores años trabajando para alimentarnos, y fue un incomprendido.

 A él le toco un pueblo que no estaba preparado para que sus hijos volaran. En el pueblo donde nací conocí todas las fachadas de sus casas, sus rincones y recovecos. Sus distancias y callejones sin salida. Aprendí sus secretos. El oscuro e inarticulado secreto de su descuidado encanto. La ligadura abigarrada de sus patios. Los jardines delanteros de las casas, el cambio de colores conforme a las estaciones del año, las cigarras en medio de la oscuridad de la noche. Me tocó vivir los días nublados, los ventarrones de polvo por las calles, sus hermosos atardeceres, las reuniones con los amigos “Nada me defraudo”

 Mi único negocio, era demostrarle a mi padre que mis estudios iban bien, que valía la pena mi esfuerzo, y que era capaz de abrirme camino. Pero no fue posible demostrarlo puesto que al terminar mi carrera él murió. Así, que todo aquello quedo sin respuesta, significo que no tuve tiempo en contárselo. Poco a poco me tranquilicé, me convencí, que tenía toda una vida por delante, que la vida me pondría a prueba, me haría demostrar y probar mis fuerzas.

 Caminé de nuevo alegre entre la multitud, en las profundidades de mis reflexiones. Sentí orgullo por mí mismo, y estaba listo para no caer. En mi vida aparecieron las hermosas chicas, pero todas las veía inalcanzables. En esos primeros pasos aprendí que las relaciones son como un cristal, con la primera grita se destruye por completo, y para que no me sucediera necesitaba generosidad, amabilidad, condescendencia.

 Buscar a una chica digna con la que lograra encariñarme. Pero crecí con un gran mal llamado celoso, el cual se arremolinaba dentro de mí. No estaba dispuesto a compartir con nadie y creía que cualquier mujer esperaba un momento para engañar. Los celos nos vuelven locos, nos aturden, nublan la razón y culpamos sin pruebas. Sufrí la pérdida de un hermano pequeño atropellado por un auto, y en ese momento, todavía no entendía cómo uno podía oscurecerse tanto la mente, incluso por culpa de un borracho. Un tipo que fue rehén de su propia pasión por la embriaguez, y cuyo final sería el delirium tremens.

 En esos años juveniles mi estado de ánimo cambio, aunque por regla general no ocultaba mis gustos y aversiones, ocultarlos me parecía humillante. Naturalmente, los años y los golpes de la vida o sea las circunstancias, las responsabilidades, acabaron por frenarme, pero fueron necesarios muchos años. Intenté con todas mis fuerzas observarme a mí mismo, para captar y desechar mis falsedades. En la universidad conocí muchos jóvenes que se esforzaban en sus estudios para ocupar el puesto de su papa, como también otros que al igual que yo queríamos derribar el mundo para reconstruirlo, pero el tiempo y la maduras me enseño que estaba equivocado, seguiría bajo el mando de autoridades extraviadas.

 Fue así, como mi lucha dejo de ser sagrada, y me convertiría en condescendiente aplaudidor de aquellos a los que no toleraba. Hasta el día de hoy, mi tiempo lo dedico a hojear libros con su efecto narcótico, y poderosas ideas para tratar de comprender el cómo se destruyen y trasforman las ideas de la juventud. Una juventud con sed de éxito que se le va instalando desde su primer grado en la escuela primaria, y que al final termina con la cabeza llena de escepticismo.  ¿Puede haber justicia, se puede moderar la envidia? ¿Nos enferman la conciencia llenándola de culpas, esas son nuestras virtudes? ¿No está en nuestras capacidades gobernar el futuro? ¿No sabemos cómo vivir dignamente nuestro corto tiempo en esta tierra?

  ¿Sin estropear, sin arruinar el lugar designado para la vida? Generación tras generación, alimentamos nuestra inocencia, nuestros engaños, nuestro sacrificio, nuestro arrogante deseo de pensar por aquellos que vienen después de nosotros. Hoy tengo la cabeza clara, y sé que no hay necesidad de resolver los problemas en absoluto, simplemente hay que vivir con los problemas.  En aquellos años corría el riesgo en que el poder me tomara del cuello hasta quebrármelo, pero nunca dudé, me dije ¡No me rendiré! Hoy al escuchar a los jóvenes y a los analistas políticos me queda la misma duda de los jóvenes ¿A dónde ir, a la derecha o a la izquierda, sin ser un objeto de manipulación? ¿Aún queda algún rincón en este mundo para seguir mi lucha?, o esta guerra ¿ya no es mía?

 

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