miércoles, 9 de agosto de 2023

 

CODIGO DA VINCI, ANGELES Y DEMONIOS, EL SIMBOLO PERDIDO

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRONTEGUI

Las crisis no son buenas para casi nada, tampoco para la práctica y difusión del pensamiento crítico. En tiempos oscuros como estos que atravesamos, enfrentados a un cambio de paradigma en casi todos los ámbitos, la superstición y el fanatismo se hacen fuertes.

La tolerancia y la voluntad de pacto son sustituidas en la arena política por el miedo y la pulsión, dando alas a posiciones extremas (extrema izquierda, extrema derecha y extrema desafección política). La población quiere salidas fáciles, milagros y utopías listas para llevar. El mal, dicen los ignorantes, siempre viene de fuera.

Será que lo que más nos atrae siempre es lo prohibido, lo misterioso y hasta lo un poco tenebroso. Desde muy temprana edad sentimos un inexplicable deseo de trasgredir, de poner un pie fuera de lo establecido. Y parece que a algunos este sentimiento infantil de imprudente curiosidad les dura hasta bien entrada la mayoría de edad, y a algunos hasta la jubilación.

Prueba de ello es el contradictorio sentimiento de atracción que a veces se siente cuando vemos algo extraordinariamente malo y perverso. ¿Qué nos ocurre?, por ejemplo, cuando vemos la película “El Padrino”

En lugar de condenar categóricamente con nuestro pensamiento ese mundo de extrema crueldad, acabamos por sentir una cierta admiración por ese mundo mafioso, lo llegamos a “comprender y exaltamos a sus protagonistas un poco”, y algunos hasta entrarían a formar parte de él como encontraran la oportunidad cerca durante ese par de días que les dura el impacto de la película en su débil psique.

Lo que nos ocurre es que la mente se esfuerza en ver la parte positiva de esos planteamientos extremos, minimizando la parte negativa, que en realidad es su inmensa mayoría.

La ciencia es una de las expresiones más contundentes del triunfo de la razón. Es parte de algo llamado cultura, la más exquisita y compleja arquitectura humana. La química, como la física, las matemáticas, la biología y todas las demás ramas del conocimiento científico, nos ha dado calidad y esperanza de vida.

Nos ha dado tiempo. Rechazar la ciencia para confiar en la superstición y lo inexplicable es una postura comprensible en estos tiempos de incertidumbres. Pero es una postura infantil.

No ha sido la superstición lo que ha impulsado el progreso a lo largo de la historia. No ha sido la religión, ni la espiritualidad, ni la fe en lo inexplicable. Ha sido el conocimiento. El futuro, ciertamente, es oscuro. Y solo tenemos una herramienta para iluminar el camino: la luz de la razón.

El Código Da Vinci y Ángeles y Demonios, reviven el sórdido micro universo del dogmatismo extremo del catolicismo hasta niveles inimaginables. Y el resultado no fue otro que esta paradójica atracción hacia el mal. Una organización tan desconocida en América como el Opus Dei recibió la friolera de 40 000solicitudes de adhesión.

Es decir la película y los libros contribuyeron a que entrara sangre nueva en sus filas y pagaran los tributos de lealtad, adhesión y compromiso económico con esta agrupación la cual se encontraba en etapa terminal en América.

Hay que reconocer que los editores de estos libros funcionaron a la perfección para atraer mentes débiles y consiguieron que los fuertes los leyeran y en esta forma fuera una forma de apoyo indirecto económico al comprar los libros. La mercadotecnia conjuntamente con el vaticano idearon la forma de atracción y toco la misión al vaticano de salir a declarar que estaba prohibido este tipo de lecturas acrecentando el morbo popular.

El efecto de atracción fue inmediato y las ventas rompieron todos los récords editoriales habidos y por haber. El Código Da Vinci, que no deja de ser una astuta comercialización, se ha convertido en la bendición de Dan Brown con más beneficios de lo que nadie podría esperar para el Opus Dei.

Recordemos brevemente que el libro trata de las peripecias que el profesor de simbología de la Universidad de Harvard, Robert Langdon, personaje arrastrado de su novela anterior “ Ángeles y Demonios”, tiene que pasar para resolver el asesinato lleno de macabros simbolismos de Jacques Sauniére. Su cuerpo apareció en el ala Denon del Museo del Louvre de París.

El punto de partida de toda la intriga es este cadáver en el que, además de su simbólica posición, se encuentra un críptico mensaje dibujado con su propia sangre en la piel y un pináculo también dibujado sobre el pecho. De aquí arranca una trama frenética que no deja tiempo al lector ni para ir al baño.

Es el estilo que caracteriza y probablemente caracterizará ya para siempre a Dan Brown: sus libros no tienen un momento de respiro, sin duda algo que cautiva a ese gran público mal lector que no puede digerir más que libros en papilla que le hayan recomendado hasta el vómito en todos los medios de comunicación. “El Código Da Vinci” ha recibido el mayor número de críticas imaginables hasta la fecha por sus innumerables errores históricos.

Los estudiosos vaticanistas se han tirado de los pelos descerebrados por rebatir unos y otros datos de la novela, mientras Dan Brown no se cansaba de decir, sonriente y divertido, que esto no es una novela histórica, que es una novela de ficción y que aquí de historia no hay nada.

Entretanto, llegó un momento en que Dan Brown, no sabía ya si enviarles unas cajas de vino a todos estos despistados críticos por el enorme favor que le hicieron al libro hasta ponerlo en la cima de todas las listas de más vendidos de todo el mundo. De igual modo que Dan Brown repartió estopa contra el Opus Dei, también lo hizo contra los Illuminati.

Pero aquí la maldición del autor llegó a obrar milagros. Aquella sociedad fundada en 1776 por el masón desencantado Adam Weishaupt en la bávara ciudad de Ingolstadt, que apenas duró hasta 1784, cuando el príncipe elector de Baviera Karl Theodor la destituyó por considerarla una amenaza para la Iglesia Católica, se vio resucitada en múltiples células esotéricas reivindicadoras de un pasado inexistente.

Los Illuminati, también inocente e indocumentadamente tratados en “Ángeles y Demonios”, y sin mayores pretensiones por parte del autor, así como en otras obras similares, se convirtieron para millones de lectores atónitos en una fuerza maligna oculta en ese mundo carismático de las sectas secretas. Una vez más la paradoja hizo presa en algunos iluminados de baja condición intelectual hasta crear aberración estan singulares como la Orden Illuminati.

En la actualidad se puede decir que el fenómeno iluminista es sencillamente inexplicable. Del mínimo basamento histórico de unos pocos años, ni una decena siquiera, hace más dos siglos, se ha querido construir toda una fuerza secreta dominadora del mundo.

Y lo curioso es que la esencia de los Iluminati de Baviera tenía las mejores intenciones, que no eran otras que las de acabar con la tiranía absolutista de la monarquía y religión existentes en la época, algo a lo que todos nos sumaríamos hoy en día. Cuando todo este efecto “Da Vinci” arrasaba las estanterías de grandes superficies y librerías de todo el mundo, comenzó a oírse el rumor de que el siguiente libro de Brown giraría en torno a la masonería.

La nueva maldición del indiscutible genio del best-seller caería irremediablemente sobre los masones, con efectos devastadoramente negativos, o positivos, si se volvía a cumplir la paradoja. Por aquel entonces, nadie se podía imaginar cuál sería el enfoque de su nueva novela, pero en principio nada bueno tenía por qué esperarse.

Cuando se decía que el siguiente libro de Brown abordaría el misterioso mundo de los masones y viendo con qué indocumentada morbosidad había tratado el fenómeno del Iluminismo de Baviera, claramente había que ponerse en lo peor. Por fin, después de seis años del terremoto editorial de El Código Da Vinci, Dan Brown anunció la tan esperada nueva aventura del profesor Robert Langdon.

Los primeros efectos de las nuevas fantasías animadas de Dan Brown no se hicieron esperar y se dice que en solo veinticuatro horas, “El Símbolo Perdido”, la famosa novedad cultural, vendió en Estados Unidos un millón de ejemplares, cifra única en toda la historia del libro. Habría que ver ahora también la exactitud de estos datos. Son cifras tan altas que marean al más escéptico lector.

La sorpresa llegó cuando, una vez aceptada por el autor la temática del libro sobre la masonería y sus secretos, los primeros lectores constataron perplejos que el libro, lejos de pintar una masonería estereotipadamente manipuladora, la muestra como la hermandad que es, ni más ni menos, con toda la parte buena que innegablemente tiene.

De hecho la gran figura positiva del libro, Peter Solomon, el equivalente al Sauniére de El Código Da Vinci, es un importante bienhechor masón de Grado 33. Desde ahí, hasta la abierta defensa que Langdon hace de la masonería frente a sus suspicaces alumnos, la obra es toda una exposición y alegato de las virtudes de la hermandad. ¿Quién se lo iba a esperar?

Tan clara fue la inclinación del autor hacia la masonería en este libro que el propio Vaticano hizo un comunicado quejándose de la diferencia de trato que Brown le dispensó en comparación con el Opus Dei. La masonería une a judíos, musulmanes, cristianos y personas que están confusas en el tema religioso.- Cuando le preguntaron que si era masón contesto: No podría haber escrito este libro si fuera masón por el juramento secreto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario