CODIGO DA
VINCI, ANGELES Y DEMONIOS, EL SIMBOLO PERDIDO
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRONTEGUI
Las crisis no
son buenas para casi nada, tampoco para la práctica y difusión del pensamiento
crítico. En tiempos oscuros como estos que atravesamos, enfrentados a un cambio
de paradigma en casi todos los ámbitos, la superstición y el fanatismo se hacen
fuertes.
La tolerancia
y la voluntad de pacto son sustituidas en la arena política por el miedo y la
pulsión, dando alas a posiciones extremas (extrema izquierda, extrema derecha y
extrema desafección política). La población quiere salidas fáciles, milagros y
utopías listas para llevar. El mal, dicen los ignorantes, siempre viene de
fuera.
Será que lo
que más nos atrae siempre es lo prohibido, lo misterioso y hasta lo un poco
tenebroso. Desde muy temprana edad sentimos un inexplicable deseo de
trasgredir, de poner un pie fuera de lo establecido. Y parece que a algunos
este sentimiento infantil de imprudente curiosidad les dura hasta bien entrada
la mayoría de edad, y a algunos hasta la jubilación.
Prueba de ello
es el contradictorio sentimiento de atracción que a veces se siente cuando
vemos algo extraordinariamente malo y perverso. ¿Qué nos ocurre?, por ejemplo,
cuando vemos la película “El Padrino”
En lugar de
condenar categóricamente con nuestro pensamiento ese mundo de extrema crueldad,
acabamos por sentir una cierta admiración por ese mundo mafioso, lo llegamos a
“comprender y exaltamos a sus protagonistas un poco”, y algunos hasta entrarían
a formar parte de él como encontraran la oportunidad cerca durante ese par de
días que les dura el impacto de la película en su débil psique.
Lo que nos
ocurre es que la mente se esfuerza en ver la parte positiva de esos
planteamientos extremos, minimizando la parte negativa, que en realidad es su
inmensa mayoría.
La ciencia es
una de las expresiones más contundentes del triunfo de la razón. Es parte de
algo llamado cultura, la más exquisita y compleja arquitectura humana. La
química, como la física, las matemáticas, la biología y todas las demás ramas
del conocimiento científico, nos ha dado calidad y esperanza de vida.
Nos ha dado
tiempo. Rechazar la ciencia para confiar en la superstición y lo inexplicable
es una postura comprensible en estos tiempos de incertidumbres. Pero es una
postura infantil.
No ha sido la
superstición lo que ha impulsado el progreso a lo largo de la historia. No ha
sido la religión, ni la espiritualidad, ni la fe en lo inexplicable. Ha sido el
conocimiento. El futuro, ciertamente, es oscuro. Y solo tenemos una herramienta
para iluminar el camino: la luz de la razón.
El Código Da
Vinci y Ángeles y Demonios, reviven el sórdido micro universo del dogmatismo
extremo del catolicismo hasta niveles inimaginables. Y el resultado no fue otro
que esta paradójica atracción hacia el mal. Una organización tan desconocida en
América como el Opus Dei recibió la friolera de 40 000solicitudes de adhesión.
Es decir la
película y los libros contribuyeron a que entrara sangre nueva en sus filas y
pagaran los tributos de lealtad, adhesión y compromiso económico con esta
agrupación la cual se encontraba en etapa terminal en América.
Hay que
reconocer que los editores de estos libros funcionaron a la perfección para
atraer mentes débiles y consiguieron que los fuertes los leyeran y en esta
forma fuera una forma de apoyo indirecto económico al comprar los libros. La
mercadotecnia conjuntamente con el vaticano idearon la forma de atracción y
toco la misión al vaticano de salir a declarar que estaba prohibido este tipo
de lecturas acrecentando el morbo popular.
El efecto de
atracción fue inmediato y las ventas rompieron todos los récords editoriales
habidos y por haber. El Código Da Vinci, que no deja de ser una astuta
comercialización, se ha convertido en la bendición de Dan Brown con más
beneficios de lo que nadie podría esperar para el Opus Dei.
Recordemos
brevemente que el libro trata de las peripecias que el profesor de simbología
de la Universidad de Harvard, Robert Langdon, personaje arrastrado de su novela
anterior “ Ángeles y Demonios”, tiene que pasar para resolver el asesinato
lleno de macabros simbolismos de Jacques Sauniére. Su cuerpo apareció en el ala
Denon del Museo del Louvre de París.
El punto de
partida de toda la intriga es este cadáver en el que, además de su simbólica
posición, se encuentra un críptico mensaje dibujado con su propia sangre en la
piel y un pináculo también dibujado sobre el pecho. De aquí arranca una trama
frenética que no deja tiempo al lector ni para ir al baño.
Es el estilo
que caracteriza y probablemente caracterizará ya para siempre a Dan Brown: sus
libros no tienen un momento de respiro, sin duda algo que cautiva a ese gran
público mal lector que no puede digerir más que libros en papilla que le hayan
recomendado hasta el vómito en todos los medios de comunicación. “El Código Da Vinci”
ha recibido el mayor número de críticas imaginables hasta la fecha por sus
innumerables errores históricos.
Los
estudiosos vaticanistas se han tirado de los pelos descerebrados por rebatir
unos y otros datos de la novela, mientras Dan Brown no se cansaba de decir,
sonriente y divertido, que esto no es una novela histórica, que es una novela
de ficción y que aquí de historia no hay nada.
Entretanto,
llegó un momento en que Dan Brown, no sabía ya si enviarles unas cajas de vino
a todos estos despistados críticos por el enorme favor que le hicieron al libro
hasta ponerlo en la cima de todas las listas de más vendidos de todo el mundo.
De igual modo que Dan Brown repartió estopa contra el Opus Dei, también lo hizo
contra los Illuminati.
Pero aquí la
maldición del autor llegó a obrar milagros. Aquella sociedad fundada en 1776
por el masón desencantado Adam Weishaupt en la bávara ciudad de Ingolstadt, que
apenas duró hasta 1784, cuando el príncipe elector de Baviera Karl Theodor la
destituyó por considerarla una amenaza para la Iglesia Católica, se vio
resucitada en múltiples células esotéricas reivindicadoras de un pasado
inexistente.
Los
Illuminati, también inocente e indocumentadamente tratados en “Ángeles y
Demonios”, y sin mayores pretensiones por parte del autor, así como en otras
obras similares, se convirtieron para millones de lectores atónitos en una
fuerza maligna oculta en ese mundo carismático de las sectas secretas. Una vez
más la paradoja hizo presa en algunos iluminados de baja condición intelectual
hasta crear aberración estan singulares como la Orden Illuminati.
En la
actualidad se puede decir que el fenómeno iluminista es sencillamente
inexplicable. Del mínimo basamento histórico de unos pocos años, ni una decena
siquiera, hace más dos siglos, se ha querido construir toda una fuerza secreta
dominadora del mundo.
Y lo curioso
es que la esencia de los Iluminati de Baviera tenía las mejores intenciones,
que no eran otras que las de acabar con la tiranía absolutista de la monarquía
y religión existentes en la época, algo a lo que todos nos sumaríamos hoy en
día. Cuando todo este efecto “Da Vinci” arrasaba las estanterías de grandes
superficies y librerías de todo el mundo, comenzó a oírse el rumor de que el
siguiente libro de Brown giraría en torno a la masonería.
La nueva
maldición del indiscutible genio del best-seller caería irremediablemente sobre
los masones, con efectos devastadoramente negativos, o positivos, si se volvía
a cumplir la paradoja. Por aquel entonces, nadie se podía imaginar cuál sería
el enfoque de su nueva novela, pero en principio nada bueno tenía por qué
esperarse.
Cuando se
decía que el siguiente libro de Brown abordaría el misterioso mundo de los
masones y viendo con qué indocumentada morbosidad había tratado el fenómeno del
Iluminismo de Baviera, claramente había que ponerse en lo peor. Por fin,
después de seis años del terremoto editorial de El Código Da Vinci, Dan Brown
anunció la tan esperada nueva aventura del profesor Robert Langdon.
Los primeros
efectos de las nuevas fantasías animadas de Dan Brown no se hicieron esperar y
se dice que en solo veinticuatro horas, “El Símbolo Perdido”, la famosa novedad
cultural, vendió en Estados Unidos un millón de ejemplares, cifra única en toda
la historia del libro. Habría que ver ahora también la exactitud de estos
datos. Son cifras tan altas que marean al más escéptico lector.
La sorpresa
llegó cuando, una vez aceptada por el autor la temática del libro sobre la
masonería y sus secretos, los primeros lectores constataron perplejos que el
libro, lejos de pintar una masonería estereotipadamente manipuladora, la
muestra como la hermandad que es, ni más ni menos, con toda la parte buena que
innegablemente tiene.
De hecho la
gran figura positiva del libro, Peter Solomon, el equivalente al Sauniére de El
Código Da Vinci, es un importante bienhechor masón de Grado 33. Desde ahí,
hasta la abierta defensa que Langdon hace de la masonería frente a sus
suspicaces alumnos, la obra es toda una exposición y alegato de las virtudes de
la hermandad. ¿Quién se lo iba a esperar?
Tan clara fue
la inclinación del autor hacia la masonería en este libro que el propio
Vaticano hizo un comunicado quejándose de la diferencia de trato que Brown le
dispensó en comparación con el Opus Dei. La masonería une a judíos, musulmanes,
cristianos y personas que están confusas en el tema religioso.- Cuando le
preguntaron que si era masón contesto: No podría haber escrito este libro si
fuera masón por el juramento secreto.
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