martes, 15 de agosto de 2023

 

MÍ SAN IGNACIO, SINALOA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Todos tenemos algún lugar, que visitamos para recordar, por gusto y porque estuvo cerca de casa o que nacimos en el. El pueblo en donde deje el ombligo, ha resultado ser el elegido, cuando me puse a pensar sobre ese significativo rincón al que podría dedicar algunas líneas. Me vinieron a la mente tardes invernales de sábado, con mi madre y mis hermanos, vagancias en el río, juegos de pelota, y amores platónicos. Recordé excursiones escolares y clases de geografía e historia al aire libre, y eché de menos paseos irresponsables en bicicleta, sin rumbo ni hora de vuelta. Baños furtivos en aguas termales y a deshora.

Recuerdos, en definitiva, que rigen cada viaje de regreso, y que arañan sin concesión el paso de los años. Me gusta volver en verano, en días de cielo despejado y gozar con la vista de un paraje verde e inmenso, en el que la cima de sus cerros se mantiene verde y se antoja recorrerlos con la mirada. Pero también añoro los días nublados de otoño y esas mañanas gélidas de invierno en las que la niebla oculta las cumbres para ceñirse al vapor del río y sus senderos. Es entonces cuando parece que se ha detenido el tiempo. Esta formidable atalaya cónica, en cuyas entrañas se encuentra la cueva de los Frailes, es el punto al que señalan todos los dedos de la comarca cuando de tradiciones y leyendas se trata. Incluida la de un tesoro.

Su cúspide es campo de batalla entre el mundo subterráneo de la cueva y el celeste de las divinidades. Justo donde se tocan el cielo y la tierra se encuentra la figura de piedra que asemeja a tres frailes, únicos arcángeles capaz de contener a las criaturas que pugnan por salir de las profundidades de la sierra en busca de pecadores, frontera de la lucha entre el bien y el mal. ¿Se puede pedir más?

Ir de vacaciones al pueblo donde uno nació es siempre un poco confuso. Cuando vivía en México, esperaba mis vacaciones para irme a este lugar apartado de la civilización, ya que la ciudad representaba la rutina, el trabajo escolar, las obligaciones y abandonarla era una obligación, un mandato. Ahora, me gusta regresar al pueblo, a sus calles que camino como un extraño, como un turista, como quien se encuentra con un viejo amor y no sabe si aún existen temas en común para reiniciar el diálogo. Lo primero que hago es buscar a los amigos y familiares con los que he casi perdido el contacto.

En las primeras "visitas" a mi pueblo, la agenda estaba muy ocupada, iba de entrada por salida. Recuerdo haber tenido encuentros de 15 minutos en la esquina de una banqueta o media hora de caminata conjunta a la medianoche. Yo sentía en mis primeras vacaciones "pueblerinas" la necesidad de ver a todos, conversar y construir así la ilusión de que nunca me había ido, o mejor dicho, que había dejado este pueblo pero mi lugar en el, seguía intacto, inalterado.

Con los años la cantidad de gente que aún nos recuerda -y aún recordamos- Va, disminuyendo progresivamente. La agenda pierde nombres y los encuentros son más selectivos. Pero sea en cantidad o en calidad, la reunión urgente con nuestros afectos es fundamental, ya que ellos son nuestros testigos. Ellos pueden declarar -en caso de ser interrogados- que nosotros fuimos parte de este pueblo, de esta escuela, de ese maestro, que lo caminamos, lo amamos y lo sufrimos.

¿Para qué uno necesita de testigos, testimonios, fotografías? Para probar la existencia de ese pasado compartido? Porque con el tiempo la relación con nuestro pueblo se modifica de forma sutil, difusa, inexorable. Lo primero que yo olvidé fue el nombre de algunas plantas y la trayectoria de algunos arroyos. Después, comprobé que no sólo yo me había alejado del pueblo, sino que el pueblo, se había alejado de mí, como dos duelistas que se dan la espalda y caminan paso a paso en dirección contraria.

Comprobé que el centro del pueblo se había extendido más allá de mi imaginación, la plaza de mi infancia es diferente y la calle donde yo vivía corre ahora en sentido opuesto. Esta situación es particularmente normal porque uno, va y pasa un rato, pero los cambios son incontrolables. El consuelo que a uno le queda es comportarse como un turista y visitar todos los lugares que antes, por falta de tiempo no podía disfrutar.

Otro elemento extraño es que mi mujer, al no ser de aquí, me pide sin éxito que la lleve a los rincones más interesantes del pueblo. Yo le explico que es muy difícil para mí mostrarle mi lugar de origen desde la perspectiva de un viaje por lo difícil y peligroso que se vuelve actualmente.

El argumento mucho no la convence y no oculta su fastidio cuando le muestro por quinta vez la puerta de mi escuela primaria, mi kinder, el cine donde me gané mis primeros pesos como "bolero y vendedor de chicles" y el tétrico edificio donde asustábamos a los novatos “Casa de tres pisos”. Y aunque pasa el tiempo, nunca perdona a los que un día empacaron sus cosas y se fueron sin decir adiós.

Lo dicho es muy real, soy rural de nacimiento, creado en ciudad, pero la verdad, añoro el pueblo más tranquilo, más humano en el que crecí. Mi casa continúa con su eterna tranquilidad, parece ser el único reducto de recuerdos que está intacto, todo cambia pero existen en recuerdos de mucha gente, y en mis recuerdos.

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