MÍ SAN
IGNACIO, SINALOA
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Todos tenemos
algún lugar, que visitamos para recordar, por gusto y porque estuvo cerca de
casa o que nacimos en el. El pueblo en donde deje el ombligo, ha resultado ser
el elegido, cuando me puse a pensar sobre ese significativo rincón al que
podría dedicar algunas líneas. Me vinieron a la mente tardes invernales de
sábado, con mi madre y mis hermanos, vagancias en el río, juegos de pelota, y
amores platónicos. Recordé excursiones escolares y clases de geografía e
historia al aire libre, y eché de menos paseos irresponsables en bicicleta, sin
rumbo ni hora de vuelta. Baños furtivos en aguas termales y a deshora.
Recuerdos, en
definitiva, que rigen cada viaje de regreso, y que arañan sin concesión el paso
de los años. Me gusta volver en verano, en días de cielo despejado y gozar con
la vista de un paraje verde e inmenso, en el que la cima de sus cerros se
mantiene verde y se antoja recorrerlos con la mirada. Pero también añoro los
días nublados de otoño y esas mañanas gélidas de invierno en las que la niebla
oculta las cumbres para ceñirse al vapor del río y sus senderos. Es entonces
cuando parece que se ha detenido el tiempo. Esta formidable atalaya cónica, en
cuyas entrañas se encuentra la cueva de los Frailes, es el punto al que señalan
todos los dedos de la comarca cuando de tradiciones y leyendas se trata.
Incluida la de un tesoro.
Su cúspide es
campo de batalla entre el mundo subterráneo de la cueva y el celeste de las
divinidades. Justo donde se tocan el cielo y la tierra se encuentra la figura
de piedra que asemeja a tres frailes, únicos arcángeles capaz de contener a las
criaturas que pugnan por salir de las profundidades de la sierra en busca de
pecadores, frontera de la lucha entre el bien y el mal. ¿Se puede pedir más?
Ir de
vacaciones al pueblo donde uno nació es siempre un poco confuso. Cuando vivía
en México, esperaba mis vacaciones para irme a este lugar apartado de la
civilización, ya que la ciudad representaba la rutina, el trabajo escolar, las
obligaciones y abandonarla era una obligación, un mandato. Ahora, me gusta
regresar al pueblo, a sus calles que camino como un extraño, como un turista,
como quien se encuentra con un viejo amor y no sabe si aún existen temas en
común para reiniciar el diálogo. Lo primero que hago es buscar a los amigos y
familiares con los que he casi perdido el contacto.
En las
primeras "visitas" a mi pueblo, la agenda estaba muy ocupada, iba de
entrada por salida. Recuerdo haber tenido encuentros de 15 minutos en la
esquina de una banqueta o media hora de caminata conjunta a la medianoche. Yo
sentía en mis primeras vacaciones "pueblerinas" la necesidad de ver a
todos, conversar y construir así la ilusión de que nunca me había ido, o mejor
dicho, que había dejado este pueblo pero mi lugar en el, seguía intacto,
inalterado.
Con los años
la cantidad de gente que aún nos recuerda -y aún recordamos- Va, disminuyendo
progresivamente. La agenda pierde nombres y los encuentros son más selectivos.
Pero sea en cantidad o en calidad, la reunión urgente con nuestros afectos es
fundamental, ya que ellos son nuestros testigos. Ellos pueden declarar -en caso
de ser interrogados- que nosotros fuimos parte de este pueblo, de esta escuela,
de ese maestro, que lo caminamos, lo amamos y lo sufrimos.
¿Para qué uno
necesita de testigos, testimonios, fotografías? Para probar la existencia de
ese pasado compartido? Porque con el tiempo la relación con nuestro pueblo se
modifica de forma sutil, difusa, inexorable. Lo primero que yo olvidé fue el
nombre de algunas plantas y la trayectoria de algunos arroyos. Después,
comprobé que no sólo yo me había alejado del pueblo, sino que el pueblo, se
había alejado de mí, como dos duelistas que se dan la espalda y caminan paso a
paso en dirección contraria.
Comprobé que
el centro del pueblo se había extendido más allá de mi imaginación, la plaza de
mi infancia es diferente y la calle donde yo vivía corre ahora en sentido
opuesto. Esta situación es particularmente normal porque uno, va y pasa un
rato, pero los cambios son incontrolables. El consuelo que a uno le queda es
comportarse como un turista y visitar todos los lugares que antes, por falta de
tiempo no podía disfrutar.
Otro elemento
extraño es que mi mujer, al no ser de aquí, me pide sin éxito que la lleve a
los rincones más interesantes del pueblo. Yo le explico que es muy difícil para
mí mostrarle mi lugar de origen desde la perspectiva de un viaje por lo difícil
y peligroso que se vuelve actualmente.
El argumento
mucho no la convence y no oculta su fastidio cuando le muestro por quinta vez
la puerta de mi escuela primaria, mi kinder, el cine donde me gané mis primeros
pesos como "bolero y vendedor de chicles" y el tétrico edificio donde
asustábamos a los novatos “Casa de tres pisos”. Y aunque pasa el tiempo, nunca
perdona a los que un día empacaron sus cosas y se fueron sin decir adiós.
Lo dicho es
muy real, soy rural de nacimiento, creado en ciudad, pero la verdad, añoro el
pueblo más tranquilo, más humano en el que crecí. Mi casa continúa con su
eterna tranquilidad, parece ser el único reducto de recuerdos que está intacto,
todo cambia pero existen en recuerdos de mucha gente, y en mis recuerdos.
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